Cuando el nacimiento es un crimen, el suicido se convierte en esperanza.
Pero de ello ya hablaremos más adelante..
Con una golpiza fuiste bienvenido a este, nuestro mundo.
¿Era necesario llorar? Y por qué no. Razones habían, aunque probablemente en ese momento no era necesario buscar tantas explicaciones, probablemente no lo entenderías.
Pero tenías que llorar. Y lloraste. Una palmada en el trasero. ¿Excitación? ¿Cariño? ¿Placer? Nada de eso. Fue un guante de plástico con lo primero que hiciste contacto. Que más frío que esto. Que peor castigo. Lloraste y sabemos el por que.
El vientre era tan cómodo. Era confortable. La oscuridad permitía imaginar un mundo, muchos mundos dentro. Jugar todo el día, todos los días. Sentir la pasión de la sangre caliente de mamá. Soñar, sí, vivir allí era un sueño, un sueño que pronto se liberaría. Ver la luz fue una pesadilla. El sol estaba lejos y lo más cercano fue un tubo fluorescente que iluminaba una fúnebre sala quirúrgica, una fábrica de niños llena de aparatos raros, manejados por objetos con cara sonriente, raros también. Médicos con filudos cuchillos en mano dispuestos a violentar el vientre de tu madre. Nada peor. Todo fue tan traumático en estos momentos de desesperanza. Ella reía de felicidad después haber dado inimaginables llantos de dolor por muchas horas. ¿Qué le sucedió? No le preguntaste, sabías que solo reiría. ¿Qué podrías hacer, llorar? Lloraste al lado de un brazo desconsolador que no entendía, que veía todo con normalidad.
Tú ya estabas muerto. Lastimosamente tu vida sólo duró 9 meses.
domingo 19 de agosto de 2007
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